Bitácora de literatura fantástica
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OBERTURA PARA UNA TRAGEDIA DE HADAS.


por Javier Fernández



Oscuridad. Lúgubre, húmeda oscuridad segada, de a tramos, por los débiles bosquejos luminosos de los candiles. Dolor, olor a polvo y aceite. Heridas, rugir de motores y canción de los hierros. Esta era la voz de la mina de carbón.

Y su cuerpo era un gigante enfermo, que se desvanecía por dentro con cada punzada de pico o con cada golpe de martillo. Sus huesos de vigas y sogas se balanceaban débiles, infectados de humedad y podredumbre. Era cuestión de tiempo para que el cíclope se desplomara.

El hombre pensaba en esto, mientras el enorme taladro neumático, que pesaba en los brazos como un saco de plomo sólido, se hundía poco a poco en el plexo del mineral. El duro trazo de las piedras saltando por el aire, era nada más que una referencia obligada de la realidad circundante.

El taladro rugía y se sacudía como una fiera atrapada entre las manos de Johänsen , mientras las aristas rasgaban sus carnes y los pedruscos golpeaban constantemente su rostro y piernas. Nada podía enfurecerlo más que eso. Así es que, no paraba de quejarse ni un instante de su suerte.

- ¡ Podrido agujero!. Un día me largare de aquí.-

- ¡ Cierra el pico!. Agradece que tienes este empleo. De lo contrario...-

Johänsen dejó caer el taladro y se abalanzó sobre Kreumer tomándolo por el cuello a la vez que su inmenso puño se elevaba por encima de su cabeza.

- Siempre estás molestándome, payaso. Te crees el chistoso del grupo, ¿no?. Solo eres un bocón y yo tengo un buen remedio para los bocones.-

- No lo dudo.- intervino Bransher, pacificando los ánimos.- pero sería mejor que os calmarais y terminarais vuestro trabajo. Mientras más pronto acabemos, más pronto nos iremos. ¿ No os parece?.-

El hombretón miró al otro y, lentamente, soltó a su rival alisándole la ropa y sonriéndole.

- De acuerdo. Le haremos caso al viejo, Kreumer. Pero ya nos veremos afuera.-

Todos volvieron en silencio a sus tareas. Nadie juzgó ni tomó partido en la rencilla. Todos sabían lo crudo, lo agónico que era el trabajo en ese infierno. Y como actuaba en los humores de los hombres.

Johänsen carraspeó y escupió sobre los rieles una mucosidad negra, muy espesa. La miró con seriedad, imaginándola acumularse en sus pulmones, capa por capa. Como un asesino perezoso que va matando a desgano.

Entonces, encendiendo nuevamente el taladro, buscó imágenes más placenteras. Recuerdos. Eso siempre funcionaba. Y, por supuesto, acudió a ella. La vio corriendo por el campo, caminando en la noche por el bosque, y la recordó desnuda junto al estanque, con el agua deslizándose sobre su tersura como miel desde los panales, con sus manos sujetando los cabellos negros. Y su boca abriéndose como una bendición de tulipanes al sol, y sus ojos... ojos de un verde como no hay en este mundo.

Sonó la hora de almorzar y todos salieron a sentarse bajo los árboles. Mientras desenvolvía su almuerzo, él se preguntó como cada día, si hoy podría juntar el coraje suficiente para decirle que la amaba. Las piernas comenzaron a temblarle.

Escuchó entonces la risa del bonachón de Krigga y, automáticamente, su rostro adquirió una pétrea consistencia. Consideraba a Krigga su rival primordial en la conquista de su amada. Krigga era joven, apuesto y de simpatía natural, lo que lo tornaba extremadamente peligroso a los ojos de Johänsen. Pero él no se preocupaba. Sabía el valor decisivo de las medidas extremas en casos graves. Y estaba seguro de que su diestra no dudaría. Inconscientemente, pasó su mano por encima del cinturón en su costado.

Bransher se acercó con su comida y se sentó junto al hombretón. Era el más viejo de todos y, por ende, quizás el más sabio.

- Apártate de Krigga. Es como un hermano para ti. Sería una estupidez reñir por ella.-

Johänsen mordió un pedazo de pan, mirando fijamente la impenetrabilidad de las hojas, allá en el bosque. En ciertas ocasiones, le molestaba toda esa sapiencia que destilaba Bansher. Y esta era una de esas ocasiones.

- No te metas en mis asuntos, abuelo.-

- Estas equivocando el camino. Ella no es tuya...-

- He pasado la mitad de mi vida en estas minas,- dijo con tono grave, mientras observaba el negro del carbón estancársele malsano en las manos, por debajo de las uñas.- Me enterré junto a ustedes hasta las rodillas en esa mugre, clavé cada uno de los metros de maderas y soportes, forjé músculos a base de tirar de los carros sobre los rieles empastados. ¡ Estoy harto!. Voy a casarme con ella y me iré muy lejos de aquí. Quizás Italia o Grecia, no lo sé. Pero sí, bien lejos...-

Bransher movió la cabeza. Bien entendía. A él mismo le quedaba poco tiempo y sentía, en sus venas, el resentimiento contra esa tumba de carbón.

- Dicen que el viento en Grecia es tan suave que deja sensaciones de caricias en la piel.- sonrió ahora el otro, con los ojos cerrados- Dicen que es tan fresco... y puro también.-

- Es la brisa del Mediterráneo.-

- Sí...-

El viento corrió como una liebre presurosa por entre los árboles dormidos de pie y por entre las flores abiertas al sol. En la lejanía, los carpinteros traspasaban una y otra vez con sus picos los anillos de los maderos. Los sonidos llegaban tenues, amortiguados, en toques leves.

- Volvamos al trabajo.- gritó de pronto una voz.

Todos se incorporaron y marcharon en silencio hacia el túnel. Fue Krigga quien giró extrañado, mirando hacia los costados.

- Oigan...¿ Dónde está Smürffash?.-

- Durmiendo en algún rincón, de seguro. Es increíble, pero el muy patán no pierde oportunidad para echarse a dormir como un cerdo...-

- No hables así de él- intervino Bransher- ya te lo repetí mil veces. Smürffash ha ido hasta la cabaña a buscar medicamentos para Karl. No se siente bien...-

- Escuchen...-

De repente la tensión ganó sus cuerpos. Algo, en la distancia, se había arrastrado muy quedamente hasta ellos. Aprestaron sus oídos ahora. Y se oyó de nuevo. Un grito. Un grito desesperado. Krigga cerró sus manos sobre el taladro neumático, transpirando. Karl se llevó las manos a la frente.

- Ocurrió una desgracia. Estoy seguro que algo malo pasó.-

Entonces, de entre la espesura, salió Smürffash, jadeando y moviendo las manos, invitando a los otros a seguirle.

- Vamos. Aprisa. La niña está grave.-

Rápidamente, todos dejaron sus herramientas y corrieron tras él, atravesando la floresta.

- ¿ Qué pasó?.- gritó Johänsen, sin dejar de correr.

- No lo sé. Solo la vi caída en el pasto. Dios, parecía muerta.-

- ¿ Y no comprobaste que tan mal estaba, idiota?.-

- Yo...-

- Si muere, yo te mataré a ti.-

Dejando atrás la arboleda del norte, a toda velocidad cruzaron el valle. Pasando las lomas altas, llegaron al bosque del Sur. Tomaron el camino de piedra que llevaba a la cabaña cuando de pronto, bajo el árbol torcido, los vieron.

Se detuvieron a unos cuantos metros de la escena. Ella estaba tendida en la hierba, parecía desmayada. Su cabeza descansaba apoyada en el regazo de un joven apuesto de unos treinta años, de pelo azabache y de gran contextura física, que vestía un traje azul, al parecer, muy costoso. Detrás de él, había estacionado un Lamborghini 720 “Marea” con la puerta del conductor abierta.

- ¿ Qué le haces?.- gritó Johänsen con rabia. Unos ojos de un turquesa pronunciado giraron enfrentándose con los de él.

- Venía en mi auto, cuando la vi desvanecida en el camino. Me detuve y la estoy ayudando. Sería bueno que ustedes lo hagan también. Creo que está mal-

Eran ojos mágicos. En ésos mismos ojos se reflejaban ahora, los ojos de la bella muchacha. Los dos jóvenes se miraron un instante y todos pudieron sentir y comprender lo que estaba pasando entre ellos.

Johänsen también comprendió. La furia fluyó en su interior y no dudó un segundo, en extraer de su cinto la pistola “Colt 45 “ que llevaba oculta siempre bajo sus ropas. Estaba ciego de ira, pero sintió cierto alivio de no usarla finalmente, contra su primer destinatario. Krigga.

“ No me la quitarás... no lo harás.”

Levantó su diestra y apuntó. Bransher y Kreumer se abalanzaron sobre él, tratando de evitar el disparo. Krigga empujó la mano armada. Hubo un estruendo, humo y una bala partiendo que rasgó el aire.

A velocidad pasmosa, el plomo candente abrió una brecha en el centro del pecho de la joven, que cayó hacia atrás en el pasto. De cara al cielo, sus ojos enormemente abiertos, no terminaban de entender. El amplio vestido amarillo, era adornado en su pechera azul, por una flor roja que, lentamente, extendía pétalos cada vez más grandes. El joven, presa del pánico, subió a su Lamborghini y huyó a 240 kilómetros por hora.

Presurosos, los siete hombres llegaron hasta la chica, que moría sin remedio. Las dos esmeraldas en su rostro perdían, lentamente, el candor de su brillo. Su boca se vistió de un rojo líquido, mientras que los rosados cachetes tomaban la coloración y la frialdad de la nieve.

“ Johän... Joh...” susurró y ya no habló más.

- Blanca... ¡Ho dios, Blanca no te vayas... no nos dejes!.- lloró Smürffash, hamacándola en sus brazos.

Un poco más atrás, Johänsen permanecía de pie, rígido, con la pistola humeante colgando de sus dedos marchitos. Sus ojos eran abismos de vacío infinito.

Un cuervo levantó vuelo desde una rama y pasó graznando sobre las ocho tristes figuras. La joven seguía de cara al cielo, cobijada y llorada por los hombres a su alrededor.

Un poco más allá, la manzana herida en un mordisco sangraba su jugo malogrado, acariciada por los tibios rayos del sol.


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